Ya sabéis que en este blog, de vez en cuando, miro al pasado. Un hecho tan cotidiano resulta ser una terapia particular muy interesante, con la que mostrar algunas vivencias, aunque también opiniones sobre algún tema en cuestión.

¿Sabéis? A mí me fascinaba la historia cuando era pequeño, a los doce años, hasta el punto de disponer de diversos libros sobre dinosaurios y leer información varia sobre algún que otro hecho curioso. Cuando me preguntaban qué sería de mayor, siempre respondía lo mismo: “como Indiana Jones”.

Fotografía: Rob Young

Admiraba la labor de ese héroe, el cual no dudaba en dejar a la mitad su trabajo en la Universidad para ir a buscar un tesoro perdido en cualquier punto del mundo; me encantaba su inmenso coraje a la hora de enfrentarse a situaciones adversas, y cómo, en cualquier momento, sabía exactamente qué tenía que hacer para salvarse de caer al vacío en su vida. Además, provocaba cierta diversión en mi interior esa terquedad que caracterizaba al personaje.


Lejos de parecerme a Indiana Jones, la realidad es que hoy me acuerdo mucho de aquel niño que fui. Sé que, a diferencia de él, no soñaré con recorrer el mundo acompañado de un látigo y un sombrero, ni llenaré mi cuarto de muñecos con forma de dinosaurio, pero también soy consciente de cómo la vida nos pone ante el espejo, en el que nos vimos convertidos en quienes queríamos ser; eso, a pesar de haber llevado un rumbo diferente al que planificamos de pequeños, no es mala forma de comprender que no hay que perder nunca la ilusión, por muchas barreras que se nos presenten en las aventuras que nos toque afrontar en la vida. Una fotografía más del pasado, una constante más en esta difícil realidad.

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