Así, como si nada, la música apareció en mi vida a los ocho años de edad. Mi madre acababa de entrar en una famosa coral almeriense, y yo, como algún que otro chico de mi edad, quería seguir sus pasos, hacer algo por lo que se sintiese orgullosa.

A mis veintinueve años no me imagino cantando "alabaré, alabaré, alabaré a mi Señor", como en uno de los vídeos antiguos que hay pululando por casa, con motivo de mi primera comunión. Durante muchos años canté esa y otras letras similares con los coros del colegio y no sabía que, gracias a la Coral San Agustín, una agrupación en la que entré con dieciséis años, terminaría entonando temas en todo tipo de idiomas - inglés, alemán o filipino, entre otros -, ni que haría tantos viajes para asistir a certámenes de música coral.



¿Conoces el dicho "sin la música no podría vivir"? Es una exageración,claro está, pero no tengo la más mínima duda de lo aburrida que sería la existencia sin escuchar y cantar algunos de mis temas favoritos. La música ha estado en los momentos más felices de mi vida, pero también en los más delicados, y ha traído consigo a personas fascinantes, de las cuales he aprendido mucho más que en la Universidad. No exagero.

Es sorprendente cómo atrapa, la fugacidad con la que transcurre el tiempo cuando estás rodeado de notas musicales. Incluso, da la sensación de que no existe nada a tu alrededor, como si el mundo se hubiese parado por completo. Yo me quedaría en ese estado para siempre, ¿acaso tú no?

La música, más que una manera de ocupar el tiempo, es una razón de vivir. Espero que no falte nunca.

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