La peonza gira y gira. Lo hace al igual que las palabras en nuestra cabeza, como los recuerdos de experiencias vividas. Gira y gira, gira y gira, no cesa porque en su movimiento todo es perfecto y sólo ha necesitado algo de empuje.

La observo y en ella creo contemplar lo que nunca tuve. Se mueve al compás del tiempo e hipnotiza a quien la mira, a la persona que siempre ha soñado con ella y que realmente no ha sabido el motivo preciso hasta que la ha visto girar. No necesito más, me conformo tan sólo con notar cómo todo se diluye cuando siento su incesante y rítmico movimiento.

Yo siempre quise una peonza. Quizás no es perfecta, no tiene la madera pulida con absoluta precisión, pero para mí lo es. Tenía miedo de lanzarla al aire con mi brazo, como si fuera una bailarina, porque pensaba que, al caer, se partiría como tantos sueños que una vez imaginamos. Sin embargo, ahora sólo quiero verla danzar en el espacio, como si nada se detuviera alguna vez.

Post a Comment: