Vamos dando pequeños pasos. Algunos de éstos no sabemos por qué tienen lugar, otros significan más de lo que nosotros pensamos y no por ello han de dolernos, nos han de llenar de felicidad. Han de servirnos para querernos un poquito más, para aceptar y también para amar aquello que tenemos a nuestro alrededor, aunque eso suponga un tremendo esfuerzo.

En ocasiones nos empeñamos en observar sólo lo negativo de nuestra existencia. Yo pienso que es un mecanismo para no movernos, una justificación para no avanzar, pero es cierto que hay veces que nos es imposible evolucionar personalmente; que nos obcecamos en llevar a cabo cambios notables y al final se convierten en minúsculos reflejos de una actitud que goza de poca estabilidad en ese momento preciso.

He escrito poemas y más poemas durante más de diez años. Hoy están almacenados y pocas veces recurro a ellos. Cuando lo hago, no me veo, no encuentro a la persona que he llegado a ser a día de hoy - conste en acta que me queda mucho camino-. Algunos de esos poemas despiertan en mí numerosas emociones difíciles de explicar, pero puedo confesar que tras esas palabras había una persona que no era capaz de luchar por sí misma, que prefería refugiarse en sus escritos antes que poner pies en polvorosa. Ahora entiendo que la vida no es eso, pese a que en momentos haya cierta flaqueza.

La graciosa expresión “quien quiera peces, que se moje el culo” refleja muy bien cuál ha de ser nuestra actitud. Lo puedo decir con muchos tópicos: “hay que sacar los dientes”, “hay que sacar las uñas”, “hay que apretar el culo y tirar para adelante”. Todas ellas van encaminadas hacia el mismo punto, en esta vida tenemos que sacar las fuerzas de donde no las haya y mirar por nosotros, al mismo tiempo que ponemos nuestra mirada en los demás. Puede que me equivoque, pero a estas alturas no lo entiendo de otra manera.

Sinceramente, no estoy en el mejor de los momentos de mi vida, pero eso no significa que tenga que resignarme. Todo lo contrario, lucho para que esos pasitos, de los que hablaba al principio, traigan el prisma ideal desde el que me gustaría poder observar el mundo. Conseguirlo es otra cuestión, pero, como diría Ismael Serrano, llegar a Ítaca quizás sea lo de menos. Lo que importa es el camino y sentirse realizado cada día, cada segundo de nuestras poderosas vidas.

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