La buscará. Lo hará en todos los lugares, en las canciones y en sus poemas. Añorará lo perdido, al saber que, posiblemente, fue la mejor decisión para los dos. Igual le deja un mensaje en el contestador, en el que le diga: “Te echo de menos, ¿piensas volver algún día?”

Se sentirá cansado, perdido, sin vida y como ajeno a todo. Pondrá empeño para seguir con sus proyectos y cogerá muchos trenes hacia lugares en los que, seguramente, ya no estará ella; se marchará para huir de su voz, de sus palabras cariñosas y a la vez tristes que surgieron desde otra punta del país.

Por más que escape de la realidad, siempre le seguirán los sueños que le habría gustado cumplir a su lado y romperá, a cada instante, los recuerdos que tiene de ella. Lo hará no porque quiera, más bien para no sufrir, para que se vaya de una vez por todas de su pasado, para que no le duela en sus propios pensamientos.

Abrirá las ventanas, cerrará puertas que dejó abiertas, escribirá nuevas historias, rehará su vida con otra mujer y tratará de olvidarla, no porque no le gustaría recordarla, piensa que sólo ha sido un extraño para ella, aunque, al mismo tiempo, no deja de creer que estaban hechos el uno para el otro.

De vez en cuando, reflexiona. Lo hace tras ver que el mundo se tambalea y sabe que no puede agarrarlo para que no suceda; se engaña, alguna vez que otra, al creer que un día será ella quien le sujete para que no se derrumbe. De nada sirven los pensamientos, siempre terminan mojados e inservibles, sobre cualquier vaso de Whiskey barato, en aquellos propósitos distantes de dos vidas que se separaron por circunstancias que no podía controlar y que ni siquiera le pertenecían.

Le llamará egoísta por muchas gilipolleces, posiblemente, pero lo cierto es que, conforme más pasa el tiempo, se da cuenta de lo imbécil que es al dejarla marchar, por no coger el mismo tren, aunque éste le lleve al infierno.

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