De repente, la monotonía parece cambiar radicalmente, estoy escuchando un ruido sobre el techo de la habitación. Hay un líquido transparente que se filtra por unas grietas del techo y cae al suelo. Dejo que sobre mi mano caiga aquel líquido y después llevo ésta a mi boca. Al mojar los labios, sé de buena tinta que la sequedad, que sufría desde tiempo atrás, desaparecerá sin más.

Ha quedado en el suelo un charco en el que podré verme por primera vez. Me aproximo.

Al fijar mi mirada sobre el agua, he tenido la impresión de ser observado, por lo que retrocedo hasta quedar sentado en una de las esquinas de la alcoba. Ahora lo sé, he visto mi reflejo y no a otra persona, pero, lo más doloroso de tal hecho, es el caer en la cuenta de no saber quién soy, y eso me lleva a imaginar infinitas historias que puedan explicar el enigma.

Cuando todo empezó, tenía un cuerpo distinto al actual y otras necesidades que han ido cambiando o desapareciendo con el tiempo.

Lo que más amo sobre todas las cosas del cuarto es la luz del sol que hay por las mañanas, aunque dejan al desnudo las paredes que, horas después, serán cubiertas por el oscuro manto de la noche. Cuando eso sucede, vuelvo bruscamente a la realidad en la que me hallo.

La salvación no vendrá en la vida, ya me hice a la idea hace mucho tiempo. Quedaré tirado en el suelo, y el tiempo, el único que juega conmigo en este lugar, echará la última partida contra mí. Acepto por completo lo que tenga que venir y estoy seguro de que será algo grande. Las esquinas se están abriendo y la luz es cada vez mayor; el sueño, que he tenido desde que estoy aquí, se cumplirá, y ya no hará falta que malgaste las fuerzas.

En un momento, creo haber muerto. Un extraño ruido me despierta de un golpe del desfallecimiento, las paredes crujen y no comprendo nada; todo está ocurriendo muy rápido, las cuatro paredes caen hacia fuera. Mientras esto sucede, me hallo en el centro de la habitación, agachado y con las manos en la cabeza porque sé que el techo va caer sobre mí. Siento derrumbarse sobre mí todo el peso de los días que he habitado este lugar, hasta el punto de quedar herido.

Al tiempo, despierto sin saber muy bien dónde me encuentro, a pesar de haber estado tantos días en el mismo lugar. Limpio mi cuerpo, miro alrededor y no hay nada; sólo horizonte y los restos del cuarto sobre una superficie que se extiende hasta donde mis ojos no pueden ver. Nada, de aquello en lo que había creído, existe.

2 comentarios

La peor cárcel es en la que se encierra uno mismo. Esa te sigue, porque está en tí, y aunque te muevas, no puedes salir.


Me ha encantado.

Reply

Gracias a Dios - si es que verdaderamente existe -, no tengo que recurrir a metáforas tan crudas para explicar cómo me siento. La vida nos da muchas oportunidades y es entonces cuando podemos salir de habitaciones como ésta.

Un abrazo y gracias por comentar ;)

Reply