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La habitación (III)

No todos mis recuerdos han desaparecido. Ayer vinieron a mi cabeza un nombre que no asocio a nada, unas cuantas caras y varios detalles más. No dudo que fue algo extraño en mi corta vida - tened en cuenta que no conozco mi edad – y desde aquel momento hay algo a lo que aferrarme.

Ya no es como si empezase de cero, pero, a pesar de todo, el tiempo se agota y yo no soy nada más que un objeto con el que juega la existencia; sólo me queda vencerle y, en la medida de lo posible, arrebatarle su poder. Ahora me toca mover ficha, se ha divertido bastante al proporcionarme los días que pasan lentos frente a mis ojos.

Aprovecho las pocas horas de luz que tengo para remediar mi problema, pero no hay ayuda alguna ni manera de escapar; la puerta permanece ante mí y cada vez es, si cabe, más enorme. Yo me siento pequeño e inútil.

Busco una llave que nunca aparece, en todas las esquinas y partes de la habitación, y sólo ciertos días consigo que no decaigan los ánimos. Lo que peor llevo es la falta de una personalidad y el tener que pelear contra mi cerebro en búsqueda de un recuerdo que no surge.

De vez en cuando vienen a mi cabeza imágenes e ideas que me son familiares, después es imposible saber a ciencia cierta si existen en realidad, pues no conozco más vida que la del lugar en el que me hallo y la de algunos insectos que lo habitan; llego a cuestionarme con qué ojos me miran estos bichos, tal vez sientan hacia mí la misma repugnancia que notaba al observarlos. Si quieren saber de qué me alimento, no hacen falta palabras; me mantengo vivo por un motivo ajeno, pero con la inseparable causa que me recuerda que estoy en este lugar en contra de mi propia voluntad.

Algunas ideas han empezado a tomar forma, aunque parece que la incertidumbre seguirá siendo una constante hasta que alguien me diga que lo que estoy viviendo es real; por este motivo, prefiero aferrarme a los sueños, ideas y recuerdos que tienen lugar en esta habitación.

Despierto sobresaltado cuando sueño que las paredes se empiezan a desquebrajar, con una sonrisa de estúpido que me devuelve a la situación en la que me encuentro, enclaustrado; este término me hace gracia, los monjes podían pasear por los monasterios y ver las estrellas desde el claustro, yo no. Así que, evitaré el uso de palabras absurdas que no describan de manera fidedigna el contexto de mi desgraciada historia.

Por la ventana apenas cabe mi cabeza, tan sólo sirve de respiradero, pero no evita mi ahogo, eso es ya un imposible.

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