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La habitación (II)

Los sentimientos más insospechados afloran en mí. En un primer instante, reía, pues lo veía preferible antes que llorar. Al final, las risas nerviosas se han transformado en gritos, no antes sin haber sido sentidos sollozos. De todos modos, de nada vale cualquier tipo de sentimiento. Nadie me escuchará, por más que alce la voz o blasfeme, y las palmas de las manos están amoratadas de tanto golpear paredes y puertas.

Ahora caigo en la cuenta de cómo mi voz no ha sonado en ningún momento, no ha producido ningún eco en el espacio que forman estos cuatro muros y, por más que lo intento, no obtengo resultado alguno.

Lo que decía, la peor de las pesadillas y soy el único que la vive, una persona que no siente ni padece por su pasado, porque no lo recuerda o no existe; un individuo al que nadie escucha, pues su garganta se encuentra como muda.

¿¡Quién!? ¿¡Quién ha hecho que me encuentre aquí!? ¿¡Por qué!?

Nada. Sólo hay una habitación con cuatro paredes, sin amueblar, y, dentro de ella, una marioneta guiada a su antojo por el tiempo; un muñeco de trapo al que le pinchan y no sangra. Analizada bien la situación, podría ser la explicación más razonable.

No he hablado con nadie hasta ahora. Las horas pasan, sin nada que hacer o decir, y espero que algo o alguien me saque de aquí, como si fuese el único pilar sobre el que se sujetase mi cordura.

Si nací en la alcoba en la que me encuentro, habría preferido no hacerlo. La vida no puede ser así de desoladora. No hay nadie que pueda responder a mis preguntas y tampoco decirme si me estoy volviendo loco o no.

Las creencias no me aportan nada, ni siquiera sé quién me las inculcó y, si les hablo con franqueza, creo que nada puede hacer más llevadera la estancia, pues son varias las horas que llevo con un constante desaliento. Es más, al principio podía hacerme una vaga idea del tiempo transcurrido – una, dos, tres, veinticuatro horas…-, pero ahora pierdo la cuenta y nada me mantiene con fuerza. Me encuentro sucio y prácticamente he perdido el apetito.

No es fácil imaginar lo que estoy viviendo, no si no se vive en primera persona. De todos modos, no se lo deseo a nadie. Es tan desagradable que, probablemente, no pueda aguantarlo. En un principio era llevadero y podía armarme de paciencia, pero ahora veo que no obtengo ayuda de nadie. Transcurrido el tiempo, la angustia va en aumento y llego a pensar que las paredes se oprimen cada vez más.

Hace tiempo que no pruebo bocado, ya que la debilidad es tan grande que no tengo fuerzas para afrontar esta situación que, sin embargo, no es desconocida para mí a estas alturas. Pero, pese a que me esté habituando a esta habitación, me dominan sus muros y hay veces que cuesta respirar. ¡No puedo más!

2 comentarios:

angelravenstalk dijo...

Madre mía: angustia, soledad, claustrofobia, abandono... No creo que haya sentido tantas cosas juntas...
Lo peor de una cárcel es que te acostumbres a los barrotes, como parece que hace tu personaje al final. Porque significa el abandono total, la perdida de toda esperanza.

No me has mentido, es duro.

- J.D.Sánchez - dijo...

Es terriblemente duro...Lo escribí hace muchos años, en un momento en el que me sentía muy mal.

Está cargado de metáforas que reflejan el estado de ánimo que tenía por entonces. Por suerte, ya no me siento así ;)

Saludos.

Pdta: El final es impactante, te lo aseguro

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