Encerrado en un cuarto, aunque no llevo mordazas o cadenas. Sencillamente, la puerta se haya cerrada y me encuentro aislado del mundo. No ha hecho falta más, sólo eso para apartar a un hombre del exterior.

Imagino historias que se asemejen a mi situación, hazañas de personas que luchan por recuperar la libertad y se aferran a algo que, tal vez, puede dar sentido a sus vidas; una esperanza a través de la cual es posible obtener todo lo inimaginable. Supongo que no son más que sueños, pero, por si acaso, me decanto por creer que una llama permanece encendida y guardo la esperanza de tener pronto los pies en la calle o en lo que haya al otro lado.

De algo estoy muy seguro, me encuentro completamente atrapado. Una de las posibilidades de escapar es la única ventana que hay en la habitación, pero, como grandes impedimentos, hay unos barrotes, los cuales convierten mi ilusión de huir en un sueño que, sin duda, tornará en fracaso.

Mi historia puede ser similar a otras, no lo dudo. Sin embargo, dejaré claro que no me siento un insecto ni nada por el estilo, y sé, al cien por cien, que soy un hombre de pies a cabeza. Además, si fuese un insecto, como aquel del que habla Kafka en uno de sus doloridos cuentos, os digo, con toda seguridad, que saldría por la ventana, volando con mis alas de bicho inútil. No todos tenemos lo que queremos y la vida puede llegar a ser una puta maldición.

¿¡Es que este jodido día no va a acabar nunca!?

Realmente no sé cómo he llegado aquí y tampoco si tengo un pasado. Quizás mi vida empezó no hace muchas horas en esta habitación, pero también puede que alguien me haya arrastrado hasta aquí. Tal vez me estaban persiguiendo y no encontré un lugar mejor donde guarecerme, una mala noticia ha podido ser la causante de estar hoy en este zulo o una mujer que me ha abandonado y ha conseguido que venga aquí para recluirme. Cualquier razón habría de resultar precisa, pero no conozco ninguna y no hay nada que me produzca más dolor que la incertidumbre.

La ventana se ha convertido en un impedimento para salir, por lo que ahora mis manos palpan las paredes y buscan, como si estuviesen ansiosas, un interruptor con el que salir de esta horrible oscuridad que todo lo cubre y tanto detesto. Nunca me inspiraron confianza las habitaciones oscuras y he soñado, en el tiempo que llevo encerrado, con una mujer, quizás una figura materna, apoyada en el marco de la puerta de una habitación sin luz, como si estuviese esperando a que su bebé se quedase dormido. Desgraciadamente, ella no está aquí para calmarme.

Quiero apartarme de esta realidad, ahora mismo, pero no es fácil. Las súplicas no se ven escuchadas y en mí vive una enorme desesperación, la cual parece querer agarrarse a las paredes de esta habitación. Nada de esto puede estar ocurriendo, pienso. Ha de ser una mentira y alguien debe estar confabulando contra mí, pues estoy inmerso en la peor de las pesadillas de un ser humano. ¡Es horrible!

Las horas pasan y con ellas se va la ilusión de que alguien venga a por mí. Me invade el deseo de un encuentro con una persona que me haya estado buscando, hasta el punto de perder la paciencia y desistir. No sucede nada de lo que he imaginado, fuera no hay murmullo de voces y he llegado hasta el punto de renunciar a todo lo que me proporcione estabilidad, por lo terriblemente cansado que estoy.

Los nudillos de mis manos están en carne viva, de tanto golpear la puerta de la habitación, la cual parece no tener demasiado grosor. Por mucho que la aporreo, como si fuese un animal enfurecido, no hay forma de abrir un boquete por el que salir. Sin duda, estoy desesperado. Con mis piernas he tratado de romperla, pero no lo consigo; la puerta tiene cada vez más brechas y, sin embargo, no se debilita ni cae al suelo. Es increíble. Podrá abrirse, pero está claro que el método que empleo no es el oportuno.

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