Habías pasado mucho tiempo arrancándome el corazón. Te gustaba hacerlo y no podías evitarlo. Disfrutabas cortando cada pedazo, al saber que no me defendería, tras conocer que era fácil presa para ti.

Yo te regalaba versos cada madrugada, tú soñabas con dejarme enjuto y moribundo; pensaba en mundos mejores, los cuales habitaríamos un día, tú prendías fuego a cada esperanza.

Así, los días fueron pasando y te habías convertido en algo parecido a un cuervo, que, cuando me hallaba débil, se acercaba para alimentarse sobre mi escuálido cuerpo. De este modo, acabaste con mis ilusiones, con aquellas que deposité en ti, pues sólo resultaba ser un indefenso ser, sobre el que cargabas tu imparable furia.


Aún recuerdo los días en los que mi deseo era el de besarte y acariaciarte; viene a mi memoria las ansias de viajar a otra punta del mundo por ti, pero mordiste mis alas y las dejaste medio rotas.

Te escudabas en las dos mil razones por las que debía esperar el momento para ir en tu búsqueda y todos los disparos a la diana se volvían contra mí, dejándome, a cada instante, más inerte que vivo.

Tampoco olvido ese café que, una vez, tomé en una plaza del mundo – no importa dónde -, que, amargo, cayó en mi estómago, cual agua fría en un invierno helado. Entonces lo supe, no eras tú el cuervo, más bien yo. Me había alimentado, durante mucho tiempo, de la esperanza de poder estar a tu lado, y te habías transformado, sin siquiera pretenderlo, en la presa de mis dulces sueños.

Hoy vuelo por un cielo poblado de nubes, con la ilusión de encontrarte. Sin embargo, ya estás muerta…


Post a Comment: