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Jugar al azar

J buscó en sus bolsillos una moneda que más tarde, ayudada del dedo pulgar izquierdo, volaría sobre su palma repetidas veces. Se jugó muchos instantes de su vida con aquella moneda, tras dejar que, casi por encima de su frente, decidiese cuál habría de ser el futuro por venir. Sin embargo, pese a que el azar parecía estar a su favor, nunca se encontró seguro de las decisiones que tomaba gracias a aquella moneda. Todo lo más, se decía a sí mismo que ese y no otro sería el modo de comportarse ante las indecisiones.


Así, un día seguido de otro, momento tras momento, J apostó por el amor con su tesoro, soñó con vidas mejores conseguidas a raíz del vuelo de su moneda, creyó posibles todas las metas que se había marcado y supo que tendría lo que desease. Nada más lejos, J empezó a sonreír a todo el mundo, dejaba paso a las señoras cuando les entorpecía el caminar por la calle, miraba al cielo y al hacerlo se sentía mejor que nunca. Así que, cuando se encontraba a amigos que le llamaban iluso por creer en los poderes de esa moneda, J no se alteraba y, simplemente, seguía confiando en que esa pieza metálica, dotada de poco significado si se comparaba con toda una economía, le traería cada día la mayor de las suertes.

La moneda iba y venía de la mano al aire y del aire a la mano. Como si tuviese vida propia, aquel objeto metálico sabía que ejercía sobre J un poder muy superior al que realmente tenía para el resto del mundo. Confiada, volvía a la palma de su dueño para darle la respuesta más precisa de aquellos males que siempre atormentaban a este pobre hombre; pero lo que nunca habría pensado la moneda – en el caso de tener vida, claro – es que, si salía un resultado no esperado, una sonrisa no se dibujaría en la mirada de aquel joven y posteriormente, tanto ella como él, caerían en un terrible vacío en el que nada volvería a tener mucho sentido. Por eso, como moneda de la suerte, siempre caía con la cara correcta hacia arriba y él creía, extrañamente, en una suerte que nunca antes se había presentado en su vida.

Una mañana, tras salir J de las clases, se echó las manos a los bolsillos y no consiguió hallar la respuesta a que todos sus pormenores hubiesen desaparecido así como así. Su moneda, la más querida de todas las que había tenido hasta a aquel día, había desaparecido por culpa, muy posiblemente, del agujero que uno de sus bolsillos tenía. Por este motivo, una gota fría recorrió su frente y pasó, casi por todo su cuerpo, una sensación de angustia que un poco más y consigue que pierda el juicio. Más tarde, una vez aceptado que nunca volvería la moneda a sus manos, rió sin parar y comprendió que desde aquel día ya no le haría más falta jugarse la suerte a un cara o cruz. J empezó a ver que siempre hallaría la manera de conseguir todo lo que se propusiese en pensar que nada, ni siquiera él, sería capaz de decidir sobre la suerte en sí misma. 

1 comentarios:

puntoerogeno dijo...

J es Juan? jeje. Yo apuesto por buscar una moneda de dos caras.
Un saludo!

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