Díjole Sancho a su Quijote
que el viaje sería largo,
que entre tanta hidalguía
no habría canto ni alegría.

 - Usted sueñe con Dulcinea,
con no rozar siquiera su triste pena,
piense que es justo luchar por ella
pese a que el tiempo sea su condena -,
dice el compañero al caballero
en un derroche de amistad y compadreo.

- Ay, Sancho, ¿quién tuviese su amor o su mirada
para no dejarse la vida frente a la desventura
y con esta daga? ¡Que yo por un beso
me vuelvo loco! ¡Hasta ciego! -,
replica casi en sollozos
este pobre diablo viejo.

- Es usted poco hombre
si por amor entiende una ilusión
que no tiene pies en el suelo,
si cuando la sueña pronuncia su nombre
y no es capaz de clamarle el deseo al cielo –
se aventura a responder Sancho,
envalentonado,
cuando le escucha su maestro.

- ¿¡Qué sabe un hombre de su calaña!?
Más conoce el diablo por viejo  
que un insolente asno que se atreve
a responder semejantes improperios -,
se enfada Quijote con Sancho y le advierte
que esa noche se está jugando el techo
bajo el que dormir su gordo
y maltrecho cuerpo.

- Estimado Don Quijote,
no se enfade con este pobre servil
que le acompaña en cada batalla
en la que de sangre
termina manchada no sólo su espada,
sino también la de su enemigo.
Sólo confíe usted en el destino,
pues puede que el tiempo
le regale el amor de Dulcinea
y este Sancho que le aprecia
le tenga para entonces más en gloria
de lo que piensa.

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